El 22 de junio de 1986 en el Estadio Azteca de la Ciudad de México se disputaron los cuartos de final del mundial de fútbol entre la selección de Argentina contra la de Inglaterra.    El considerado por muchos como el mejor futbolista de todos los tiempos, Diego Armando Maradona, marcó en este encuentro dos de los goles más recordados en la historia de los mundiales, conocidos popularmente como ‘La mano de Dios’ y el gol del siglo.  }

Eran las 13 horas, 12 minutos y 20 segundos en el Distrito Federal cuando Maradona recibió la pelota en campo propio de pies de Héctor Enrique. El mercurio de los termómetros había rebasado la frontera de los 30 grados y soplaba el viento a una velocidad de 12 kilómetros por hora en la soleada tarde azteca. 114.580 pupilas se clavaron entonces en la menuda silueta del 10 argentino, quien con una excepcional maniobra consiguió hacer bueno el comprometedor pase en vertical del Negro Enrique y zafarse del acoso de Peter Reid y Peter Beardsley, escapando por el costado derecho. “En cuanto Diego recibió, se acomodó y arrancó, ya no había forma de pararlo. Yo sabía que aquello terminaba en gol. Muchos dicen que si hubiera sido otra Selección, habrían tratado de bajarlo, pero es que los ingleses querían bajarlo, pero no había forma de frenarlo. No había freno. El único freno era la red”, rememora para La Tercera el propio Enrique. “Cuando elude al primer rival en campo nuestro y empieza a ganar metros, pensamos que se iba a quedar sin fuerzas, pero Diego se iba potenciando cada vez más”, refuerza Garré. “Ver el mejor gol de la historia desde mi posición, fue un privilegio. Lo vi arrancar y no paraba eludir contrarios, pero uno no podía saber cómo iba a terminar aquello”, recuerda Nery Pumpido, arquero de la Albiceleste aquel día. Pero aquella acción imposible, aquel milagro de orfebrería futbolística, aquella joya de autor, sólo podía terminar en gol.

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